Trastorno de pánico



El trastorno de pánico, perteneciente a los trastornos de ansiedad, se caracteriza por la presencia de crisis de pánico las que se pueden dar con o sin agorafobia. Por lo menos una de estas crisis ha sido seguida durante un mes, o más, de una preocupación persistente de tener nuevas crisis; temor acerca de las consecuencias de estas; y de un cambio conductual significativo en relación a los ataques, tal como las conductas evitativas.


Según el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales en su quinta edición (DSM-5) se trataría de una aparición temporal y aislada de miedo acompañada de cuatro o más de los siguientes síntomas: palpitaciones, sudoración, temblor, ahogo o sensación de falta de aire, sensación de atragantamiento, malestar torácico, náuseas o malestar abdominal, mareos, sensación de desmayo, des realización o despersonalización, temor de perder el control o volverse loco, temor de morir, parestesias, sensaciones de calor o frío (American Psychiatric Association, 2013).


En cuanto a la agorafobia, esta hace referencia a la ansiedad de estar en lugares o situaciones de los que sea difícil escapar o en los que no pudiera disponerse de ayuda en caso de tener una crisis de pánico. Algunos ejemplos de estos lugares o situaciones podrían ser: usar el transporte público, estar en lugares cerrados y estar en medio de una multitud (Bermejo, 2019). Cuando una persona presenta crisis de pánico con agorafobia, se evitan situaciones o bien se enfrentan con sufrimiento y una ansiedad marcada de tener una crisis de pánico, requiriendo de acompañante la mayoría de las veces.


Ya sea que se tenga crisis de pánico con o sin agorafobia, estas pueden tener grandes consecuencias sociales y económicas puesto que las personas sufren de aislamiento social y muchas de ellas dejan de hacer su rutina diaria, como dejar de trabajar (Klerman, 1991).




Respecto a la edad de comienzo, en general se da entre los 20 y 35 años, siendo la proporción entre hombre y mujer 1:2 correspondientemente. Aunque en el transcurso y evolución de este trastorno existen fluctuaciones, suele ser crónico y su remisión sin tratamiento es inferior al 10%, de ahí la importancia de acudir a ayuda profesional, siendo el tratamiento cognitivo conductual el que cuenta con mayor investigación y efectividad tanto a corto como a largo plazo (Belloch et al., 2008).


Hay ciertas predisposiciones biológicas y psicológicas que incrementan la posibilidad de padecer este trastorno, tratadas a continuación:

  1. Vulnerabilidad fisiológica: reactividad elevada del sistema nervioso autónomo.

  2. Vulnerabilidad psicológica: encontrándose dos fenómenos

  • 2.1 Tendencia a percibir la ansiedad como perjudicial: puede derivarse de haber sufrido experiencias adversas tanto directa e indirectamente como enfermedades significativas; y/o transmisión directa de información, tal como sobreprotección parental en cuanto al bienestar físico.

  • 2.2 Atención selectiva hacia las señales físicas: habiendo un aumento de la conciencia hacia las sensaciones corporales (Díaz-Benjumea et al., 2002).

Ahora bien, después de la primera crisis de pánico se desarrolla un “miedo al miedo”, referido al temor a ciertas sensaciones corporales relacionadas con las crisis de pánico, como el aumento de la frecuencia cardiaca, sudoración, ahogo, entre otros. La explicación de este fenómeno se centra en dos factores:

  1. Condicionamiento interoceptivo: las sensaciones corporales se mantienen asociadas al hecho traumático correspondiente al ataque de pánico inicial, desarrollándose un condicionamiento de manera que a partir de ese momento, las sensaciones vividas se vuelven temidas como la propia crisis.

  2. La evaluación de las sensaciones corporales como perjudiciales: se interpretan como signos de muerte inminente, de pérdida de control, una señal de que se está volviendo loco, entre otros. Asignándoles un significado catastrófico a un estímulo neutro. Este miedo a las sensaciones corporales, hace que aumenten, creándose un círculo vicioso. Es tal el miedo, que las personas empiezan a tener conductas de evitación, las que finalmente mantienen las creencias negativas sobre las sensaciones puesto que al evitar se interrumpe el aprendizaje que refutaría las creencias al ver que no pasa nada (Díaz-Benjumea et al., 2002).